domingo, 30 de agosto de 2009

Comer o no comer carne, he ahí el dilema. Por Xavier Bayle

Cuando una mañana de abril, viendo unas fotos de los pollos criados en factoría, decidí hacerme vegetariana la mayoría de las personas que me conocían, sabedoras de mi obsoleta gran pasión por el consumo de carne y de todo el universo relacional generado alrededor de ello, se mosquearon; vaticinando que duraría poco, y no dando importancia de mi postura, me insultaron. Lo cual me indignó, pero también me tranquilizó dado lo fácil que me había resultado enfrentarme a mi misma atribuyéndole a la razón un peso más sólido que a la educación y la costumbre.

Hacerme vegetariano fue, como digo, una clara postura ética de "yo no participo", además de las otras ventajas que tiene; y en base a ese criterio, fui discreto a la hora de enarbolar argumentos en pro de mi postura, sencillamente me limitaba a comer sólo vegetales. Pese a lo cual no pasa día que las mentadas personas me recuerden que "un día fui", aunque ya no sea. El peso de la culpa. El famoso peso de la culpa. Aunque ya mis defensas no sean que "quién mejor que yo para saber lo que me pierdo", las delicias de los miembros seccionados en mi plato, los órganos cocidos... Si acaso, en un supuesto, jamás hubiera yo probado la carne, también me dirían que "qué se yo acerca de lo que me pierdo". Respuestas ridículas las hay a montones.

He dicho antes lo de la educación porque, más que biología o fisiología, nuestras costumbres ultraomnívoras (y homonívoras, ya dicho de paso ) entiendo que forman parte de un sistema educativo demasiado miope y poco imaginativo, que se limita a vomitar, con ligeros cambios de forma y modo, las lecciones aprehendidas desde pequeñas. Nuestra cotidianeidad rota en torno a una serie de movimientos más o menos programados por nosotras mismas, con un más o menos libre albedrío; y otras actitudes "preprogramadas", de un modo subliminal o evidente, por el sistema social imperante.

Para quienes llevar o dejar de llevar a cabo el culto gastronómico del consumo de cárnicos, supone una toma de conciencia o un posicionamiento vital, evidentemente también les supone una carga o descarga de conciencia ética. Quiero decir que, incluso las más acérrimas carnívoras y piscívoras , las que defienden a ultranza este modo de vida, lo hacen, en cierto manera, intuyendo tal vez en ello una incorrección. Me explico.

La carne no es necesaria para vivir. Es un hecho. La ingestión de peces tampoco es precisa. Partiendo de esos parámetros -avalados a su vez por centenares de millones de personas que en el planeta no pueden / quieren comer animales-, los argumentos entonces tienden hacia el mito del hombre cazador y el fantástico desarrollo del cerebro gracias al sangriento festín de nuestros antepasados. Esta leyenda no hace sino atribuirnos cualidades de predadoras que, al margen de su veracidad, nos encantan y nos fascinan; pues hoy día no llegamos más que a tristes predadoras pasivas en una sociedad encargada de maquillar el dolor ( y causarlo), disimular la muerte ( y matar ) y disfrazarlo todo de sonrisas tipo anuncio dentífrico. Y siempre es atractivo denominarnos "peligrosas", pese a que nuestro destino sea ser depredadas por la religión de la moneda en curso. Además el aumento de volumen cerebral ha traído consigo la incapacidad de predecir la lluvia, la bomba atómica, la ignorancia de lo importante y el amazacotamiento en el pensamiento único de nuestra insigne sociedad global. Amén de otras carencias más.

Pero si la carne supiera, por ejemplo, a excrementos de perro, y si, pongamos, el pescado fuera amargo como la hiel ¿ tanto defenderían esas personas su consumo ?. sin duda alguna: no. Se interrumpiría inmediatamente la matanza, pese a las supuestas maravillas que conlleva. En conclusión: comemos agonía porque nos encanta rendir pleitesía a nuestros sentidos a cualquier precio; nos hemos enamorado de la gastronomía hasta tal punto que -es una hipótesis de exposición-, si mañana en nuestras tiendas, con el consenso y la legitimidad de la ley y la aprobación de la sociedad, pudiéramos comprar carne de niña, tal vez la consumiríamos. Aunque sólo fuera por probar. Yo les puedo garantizar que muchas personas lo harían. Claro está, siempre que su precio fuese asequible y se ocultara pertinentemente el sacrificio. Para quienes creen que exagero y que es un despropósito mi aseveración deberían informarse de que, hoy en día, existen personas del primer mundo que han comido y comen carne humana con cierta cadencia.

Pero no quiero establecer un debate acerca de morbo o exponer la problemática ética de la antropofagia, pretendía solamente acentuar la disposición social hacia la satisfacción y el hedonismo. Cuanto más oprimidos nos encontramos por las reglamentaciones y los dispositivos sociales, tanto más nos arrojamos a la exigencia de nuestro derecho y nuestro deber de carpe diem, de gozar la "vida loca" y de bautizarnos con el título de "amas y señoras" del mundo, y aún del universo, porque ya es sabido que "ser humano" es sinónimo de vanidad. Es tal nuestro amor por nosotros que ya ni siquiera nos importa si la carne y el pez provocan infartos, invitan a los tumores o acumulan mercurio en nuestro cuerpo, porque nos compensa arrojarnos ciegamente al placer inmediato de saborear un pedazo de carroña convenientemente guarnicionado. El ser humano es, además, tremendamente resistente a la razón y notablemente impermeable a la lógica y a la sensibilidad.

Destruidos los conceptos de macho cazador y de impiedad; destruida la supuesta supremacía que proporciona un cerebro -dicen- evolucionado; destruido el argumento sobre la salud del consumo de cadáveres...¿ qué queda ?: la autosatisfacción. Somos culpables de irresponsabilidad, cómplices de asesinatos en el nombre del más puro placer y, por supuesto, enemigas de los equilibrios que la naturaleza guarda para sus componentes.

Hemos destruido esos equilibrios, por ello el ser humano camina hacia su extinción. ¿Exagero de nuevo?

Para las amantes de las cifras se ha calculado que necesitaríamos dos planetas y medio para satisfacer nuestras ansias de complacencia de un modo "sostenible". Habida cuenta que sólo "poseemos" uno, su fin está más que garantizado. Incluso las más compulsas homocéntricas deberían comprender qué tipo de legado dejamos en herencia a las generaciones venideras. Somos un cáncer que se extiende profunda y dolorosamente en su irreflexión.

La solución que proponen las más radicales consiste en el suicidio colectivo, lo cual encuentro un poco improbable y -eso sí-, exagerado, dado que todos los seres vivos tendemos a querer seguir estándolo, y es anormal lo contrario ( exceptuando el tema de la eutanasia ). Bastaría con aprender a vivir, amar la vida y amar incluso lo que no nos ama porque no sabe o no puede hacerlo. Dado que amar a lo que nos ama es amarnos a nosotras mismos, y sería regresar de nuevo a la autocomplacencia. Las soluciones son muchas, pero he entendido, priorizando la reflexión a la satisfacción física, que comer o no la carne de las demás es un camino indiscutible de equidad, justicia y belleza.


Fuente: HazteVegetariano.com
Autor: Xavier Bayle, artista español (Barcelona, 1969-). Activista y defensor de los derechos de los animales (en especial contra la corridas de toros). Durante dos años ha vivido en Polonia. Su trabajo abordan los problemas que afectan a los seres humanos y animales.

3 comentarios:

  1. Tremendo!!!! Tiene frases de un impacto sin igual.

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  2. Tantos adventistas les cuenta tanto dejar la carne (aunque sea comer menos carne o ser ovo-lacto-vegetariano) y Bayle -supongo no debe serlo- propone respuestas a argumentos que tantos "adventistas" hoy esgrimen para seguir comiendo y satisfaciendo sus paladares... cuanto debemos aprender aún!

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  3. El tema del vegetarianismo entre los adventistas es un tema de responsabilidad sanitaria, social y ambiental.

    Sanitaria: por que tiene efectos positivos sobre la salud del individuo y el colectivo.

    Social: Dinámica sobre el concepto del poder de la tierra y la distrubución equitativa de la propiedad. Las grandes áreas destinadas para la ganadería extensiva están en manos de terratenientes, mientras los menos favorecidos no tienen un lugar donde morir.

    En Colombia, el paramilitarismo tiene relación directa con la tenencia de tierras y ganado. El desplazamiento forzado, las masacres de campesinos pobres y todo tipo de violaciones a los derechos humanos, pudo darse indirectamente por las voraces bocas carnívoras de los indolentes consumidores, entre ellos muchos adventistas, incluyendo pastores y sus familias.

    Ambiental: el consumo de carne y sus derivados tiene directo sobre el medio ambiente. La ganadería requiere más suelo y áreas deforestadas, es decir menos fijación de gases efecto invernadero, es más polución pues los gases producto del metabolísmo del ganado libera oxido nitroso, gas más perjudicial que los otros gases relacionados con el efecto invernadero y el cambio climático.

    Lo más cantinflesco de esto es que los adventistas cuando se trata de defender una postura que les conviene, esgrimen toda cantidad de argumentos bíblicos ycientíficos para lograrlo, en cambio cuando se trata de proteger una postura que va en detrimento de su pensamiento unidimensional, ajustan la interpretación bíblica y la ciencia (que es neutral y objetiva) NO es es invitada.


    Es una manipulación inescrupulosa y antiética.

    Interesante saber sus comentarios: reakira@yahoo.com

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